viernes, 28 de abril de 2017

Síndrome de Estocolmo

Van dos aniversarios. Cada despertar me aturde la suerte que he tenido contigo. Deseo que los años por venir sean muchos por eso te mezo en mi pecho, te alimento, nos mimamos recluidos en la paz del hogar.
Mi familia, los amigos, no lo entienden. «Sal. Diviértete. ¡Vive!». Eso hago, respondo. Me miran afligidos. Mantengo la esperanza de que se aburran, de momento, insisten. «Es hora de retomar tu vida».
¿Quiénes son para hablarnos a ti y a mí de vivir? Me los encaro sin excitarme, no quiero asustarte. Me has hecho madurar, ya no soy aquella chiquilla a quién la enfermera pidió que no se chivara.
Recitaba el cielo está enladrillado, quién lo desenladrillarà... Enrojeció al preguntarle. «Creía que no me oías, no quería molestar». Era por un concurso radiofónico, el orador más rápido ganaba un coche, practicaba en el recóndito silencio de la UCI, explicó mientras me cambiaba el gotero del inmunosupresor. Supongo que no iban a despedirla por un trabalenguas, pero aproveché la ocasión. La verdad a cambio, exigí: ¿qué había oído en la nebulosa de la seminconsciencia? Lo confirmó contrariada: nadie apostaba por nosotros. Sin embargo, aquí estamos.
Te quiero corazón.

Marusela

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