miércoles, 15 de febrero de 2017

Salir al paso

Ocho largos años. Habían transcurrido ocho largos años y Nancy iba a casarse de nuevo a pesar de la cruel experiencia con su primer esposo. Después de eso había mantenido un par de relaciones con mujeres. La segunda pareja, Marge, fracasó igualmente, aunque no de igual manera. Se convirtió en amiga contra la voluntad de ambas como si un eficaz supervisor moviese los hilos de sus conductas afectivas. Era imprescindible en la vida de Nancy e iba a hacer tintinear la campanilla de la entrada en cualquier momento para ayudarla con el maquillaje.
Marge poseía unas manos mágicas. Oh sí, por supuesto Nancy no las habría olvidado del todo y, supongo, que este era el recuerdo dormido sobre el que querría pasar de puntillas.
Marge la maquilló lo necesario: satinó el cutis, cubrió alguna mancha, iluminó ojeras y arco ciliar. Nancy no dejaba de parlotear contando anécdotas de bodas y fiestas, agradeciendo a Marge que la ayudase, a mí que hubiese renunciado al día libre.
Marge, sin embargo, concentrada en la tarea no pronunciaba palabra. Dio por terminado el maquillaje con dos brochazos de rubor en los pómulos. Dio un paso atrás, miró a Nancy. El parloteo de Nancy cesó. Intercambiaron una larga y profunda mirada. Fue Marge quién rompió el silencio: «Estás espléndida».
No fue una alabanza, ni un reconocimiento a su habilidad, no estuvo acompañada por un tono festivo, ni ojos asombrosamente redondos, fue algo dicho para ella misma, en voz baja, como si necesitase oírselo decir para comprenderlo en toda su magnitud. Para asumir que Nancy se iba a casar con un hombre y que parecía realmente feliz. Nancy le tendió ambas manos, ella las agarró con fervor. No me despedí al abandonar el dormitorio.
Recorrí el pasillo hasta la sala. Abrí de par en par las puertas del jardín. Observé la puesta en escena: las sillas alineadas en perfecta simetría, las farolas rescatados del atrezo del último montaje teatral de My fair lady, la alfombra de flores compuesta de madrugada, el césped recién segado, fragante y almohadillado. Todo ello superpuesto al fondo de magnolios, a los setos de hortensias y los rosales trepadores que cubrían las celosías, a los parterres de tulipanes, narcisos y pensamientos. Esa avalancha floral no existía semanas atrás. El novio había transformado el delicado y minimalista jardín japonés en aquel estallido de sensualidad. Sencillamente, ella despertó una mañana y encontró tras los cristales un paisaje diferente. Yo fui testigo de la expresión cambiante del rostro, del desconcierto al asombro, de ahí a la confusión; finalmente, a la alegría infantil de niña agasajada.
Teníamos por delante una caprichosa tarde otoñal. El aire suave y persistente arrastraba nubes de aquí para allá, tan pronto gozábamos de tibios rayos de sol como nos cubría un manto lechoso. El oficiante preparaba el libro de lecturas de los novios en el atril. Del fondo del jardín, tras el seto y la valla de hierro, se elevaba el ruido de frenadas de automóviles y de explosiones de flashes que la prensa descargaba sobre los invitados. El novio aparecería de un momento a otro.
Me giré hacia el pasillo al oír pisadas, susurros, risas. Nadie entró en la sala. Los murmullos se alejaron camino de la puerta de atrás hasta desaparecer. Escuché el pestillo que por la mañana había corrido tras recoger la prensa ahora abandonada sobre el sofá. No pude menos que sonreír al releer el titular, “Boda entre el magnate televisivo y la actriz de dudosa sexualidad”, el de mañana sería muy diferente.

FIN

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