jueves, 23 de abril de 2015

Un traje y un Packard del 51

Nació en mal momento. Otro hijo no era bienvenido y la  Hermandad de Acogida de los Samaritanos estaba solo a dos manzanas. Allí fue a parar mi hermano Jim.  Yo pasaba  a verlo los domingos, cuando mis padres estaban de funeral. Siempre había algún muerto en domingo, leían la prensa, iban a presentar sus condolencias a la familia, luego se daban un atracón de comida y regresaban a casa hablando maravillas del difunto.
No me esforzaba por ocultar las visitas a Jim, pero como ellos no preguntaban, yo no les contaba cómo le iba.  Tampoco a mis otros hermanos, cinco en total; solo la pequeña Mary, que me acompañó una ocasión en que no podía dejarla sola en casa, me preguntaba por ese chico con la cara llena de granos que no le había caído bien, porque Jim le había dicho que se había salvado de vivir en un lugar como ese por ser niña y Mary había echado una mirada alrededor y no había visto nada raro: paredes descoloridas, puertas descolgadas, ventanas que dejaban pasar el aire helado en invierno, como dejarían pasar los insectos en verano. Al contrario, le pareció que era un buen lugar. Yo estuve dando vueltas a esto. Era cierto que Jim no se quejaba de nada, casi no hablaba. Cuando lo hacía solía preguntarme cómo se vivía por aquí fuera, y yo le contestaba que mal.  
Con dieciséis Jim salió de la Hermandad con el oficio de soldador. Era un buen trabajo porque en la región había un par de fábricas. Le pedí que me llevara con él. Nos largamos con una carta de la Hermandad en la que ponía que mi hermano era un chico de fiar y él añadió escrito a lápiz que yo también lo era. Así la carta serviría para ambos.
Dormíamos en los parques, comíamos de la basura y cuando ya no podíamos más nos acercábamos a una iglesia para pedir limosna. 
Un día a Jim le regalaron un traje de un chico que había muerto. Le quedaba de lujo. “Antes de que se me ensucie voy a sacarle partido”. Me obligó a quedarme en un albergue, prometió volver. Cuando lo hizo tenía más dinero en el bolsillo del que yo había visto en toda mi vida. Nos instalamos en una habitación con cocina y lavabo que  daba al puerto. Olía a gasóleo y grasa, veíamos los barcos que iban y venían, oíamos el graznido de las gaviotas y las carcajadas de marineros que hablaban lenguas extrañas. Pasamos horas acodados en esa ventana. 
Le dije a Jim que quería trabajar, como él, y me contestó que no podía comprarme un traje. Sin embargo, manejaba cada vez más dinero, incluso compró un coche usado. 
Empecé a bajar al puerto. Cuando tenía suerte me dejaban descargar bultos y me daban unos centavos. Quería ahorrar para el traje. Al enterarse, peleamos. Rompió el cristal de la ventana cuando quiso atizarme con la silla porque perdió el equilibrio y desvió el golpe. En realidad, estaba cada día más débil. Me apenó. Yo cocinaba lo mejor que sabía, pero él apenas comía nada, solo fumaba,  bebía y adelgazaba.     
Una noche decidí seguirle al trabajo. El condenado corría como una liebre con su aparatoso coche, pero yo había conseguido una  bici y sorteaba obstáculos mejor que él.
Entró en un club. Lo imaginaba. Me quedé por allí pensando si entrar, pero finalmente decidí que no era buena idea, con mi aspecto lo avergonzaría. Ahora, él iba siempre bien vestido, con ropas de lujo que le regalaban sus amigos y no porque estuviesen usadas.
Poco tiempo después la policía se presentó en casa: había atropellado un perro y no se había detenido. Alguien apuntó la matrícula y lo denunció; el juez le impuso la multa máxima.

Pasaron días hasta que volvió a aparecer por el cuarto.
Al verle me asusté: pálido, con una palidez amarillenta y gris; la piel, como trapo viejo, le colgaba como si le hubieran succionado la carne; círculos oscuros bordeaban los ojos demasiado brillantes.

_¿Qué te pasa? 
Se dejó caer en la cama. 
_Necesito dormir _respondió.
Y eso fue lo último que dijo. Nuestra patrona me ayudó a prepararle un entierro decente. Convencí al reverendo de enterrarlo un lunes en lugar del domingo, como hubiese correspondido. Al salir del cementerio, me pasé por el club. Sentía necesidad de saber qué clase de amigos tenía Jim.

Comprendí por qué mi hermano no había querido que tuviese uno y decidí afiliarme al sindicato de estibadores con el dinero que me quedaba. 
Voy a visitarle de vez cuando para que sepa que no olvido lo que hizo por mí. 

Marusela Talbé

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