sábado, 21 de marzo de 2015

El Duelo



En la esquina de dos calles ruidosas se instala un mendigo. Coloca con cuidado unos cartones. Viste cazadora y vaqueros viejos que contrastan con el aspecto joven, casi niño, que refleja su cara. Se sienta y deja ante él una boina con la que ha espantado el relente de la noche. Mete las manos en los bolsillos de la cazadora y rebusca, en el forro descosido, sus herramientas: ceras chatas de colores indistinguibles.
Antes de sacarlas del bolsillo, unos zapatos que hace años debieron brillar con luz propia y que ahora, a duras penas, mantienen la triste dignidad de disimular agujeros y pespuntes rotos, se han detenido.
El joven espera ver caer la moneda en la boina, en cambio oye una voz.
—Oye, esta es mi esquina.
Levanta la vista y ve a un individuo con traje oscuro y arrugado, coderas de diferente color y camisa casi blanca abrochada hasta el último botón de un cuello que cubre otro
pellejudo como el de un pavo.
—¿Dónde lo pone, colega?
—¿Dónde pone el qué?
—Que esta esquina es tuya.
—Venga, va en serio. Llevo aquí más de un  año. Si algunos hasta saben mi nombre —dice el hombre señalando a los viandantes.
—Me la suda —contesta el de la boina repartiendo en el suelo las ceras como si colocara el instrumental de un quirófano.
—Oye, esto es como si llegas a la oficina y te sientas en una mesa que no es la tuya.
—No me des la vara, viejo. Que no me voy —grita y levantan la vista de las pinturas—. ¿Dónde está la mesa?  ¿Dónde tu nombre? ¿Eh, dónde?
El mendigo sopesa las posibilidades que tendría de echarlo de allí. No parece muy fuerte pero no hay quién le discuta su juventud. Con un suspiro, echa una mirada resignada a la esquina, comprende que ha perdido sin necesidad de pelear y cruza la calle.
La otra acera no le es desconocida. Comenzó a este lado de la calle, pero los olores de la cocina del mesón Los Caracoles provocaban tal ruido en su estómago que le daba vergüenza su hambre.
Dirige la vista a la otra acera. Observa al dibujante ensimismado en su tarea. La gente que pasa se detiene un segundo y  muchos le dejan una moneda en la boina.
El viejo mira los cartones que lleva bajo el brazo. Se acerca a la pizarra que está en la puerta del mesón. La tiza cuelga de un cordel y la arranca con disimulo.
Se separa unos metros y se sienta enfrente del chico. Ahora te vas a enterar, listo. Y escribe en su cartón. Cuando termina lo gira y lo coloca de cara a los peatones y al joven mendigo.

si me da una moneda se sentirá mejor

A pesar de los metros que les separan, ve el rostro crispado del joven, las mandíbulas apretadas, la rabia con que aparta las ceras. Se ha sacado un cartón de debajo del culo y comienza a escribir:

si me da una moneda pasará mejor el día

El viejo aguanta con su cartón unos minutos mientras discurre la réplica. La tiene:

si me da una moneda su conciencia le dejará en paz

Pero el joven también ha ideado un nuevo mensaje

si me da una moneda Dios le bendecirá

Y los cartones cambian y los mensajes se renuevan cada vez con más rapidez

si me da una moneda su sonrisa será sincera

si me da una moneda se le alegrará el corazón


Les queda a cada un pedazo de cartón. Será el mensaje de despedida, el que puede dirimir quién es el ganador del duelo, porque hasta ese momento ambos saben que están igualados: no ha sido difícil contar cuántas personas se han agachado o han alargado el brazo para dejar caer una moneda de veinte céntimos, las más frecuentes. La boina de uno y el platillo del otro han recogido una buena cosecha, pero la tarde cae, hace frío, ambos se frotan las manos y se resguardan, como pueden, en el cuello escaso de sus ropas mientras pasean y piensan.
El de la boina se decide, da la vuelta al último cartón y escribe:

si me da una moneda estaré aquí mañana

El viejo se estremece. Ese mensaje es bueno. Sí, bueno de verdad, cojones. Pero el mío será mejor. Escribe, tacha, vuelve a escribir, borra usando la manga de la desvalida chaqueta. Al fin, cruza una mirada de triunfo con su contrincante y muestra su mensaje:

si no me da una moneda no estaré aquí mañana

***

Manolo ha recogido las mesas de la terraza. Deja para el final la pizarra. Ve a los mendigos, «¿Qué, hoy os quedáis aquí, o qué? Hace frío, largaos ya». Pero al poco rato sale con un par de bocadillos de chorizo. Entrega uno al joven, y mira su mensaje mientras se frota la barbilla. Después al viejo, y reflexiona delante de su cartón. Antes de entrar al bar se gira y les grita,  «Ya me podíais decir mañana quién ha recogido más pasta para conocer mejor a la clientela». 


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