miércoles, 17 de diciembre de 2014

El azar

El mes de enero es frío y lluvioso en Domrémy. La noche cae como si cubriesen el cielo con un manto negro. Las callejas se vacían de gente y las chimeneas humean pintando estelas blanquecinas en la oscuridad.
Una mujer camina con prisa desde la iglesia hasta la barbería en la que su esposo, Jacques Darc, se encuentra fumando una pipa y charlando con los vecinos. Abre la puerta y sin moverse del umbral exclama: “Jacques, me ha dicho el abate que el Papa ha muerto”. El hombre se levanta de un salto, la silla cae al suelo. Los vecinos sonríen, estrechan su mano, “Entonces hay esperanza, ¿no es así?”, le preguntan. “Sí, sí. No podrá ser peor que con el papa Nicolás”, responde.

Los esposos, contagiados por la misma excitación que los vecinos, vuelven a casa interrumpiéndose uno a otro, levantando la voz más de lo aconsejable a esas horas de la noche.

En su hogar, en un rincón de la sala, una mesa de roble contiene lo más preciado. Isabelle la ilumina con la vela y su marido saca del cajón unos pliegos enrollados, atados por una cinta y protegidos por un pedazo de tela.
—Mañana mismo iré a Rouan para entregarlos al coche de postas.

                                                                          ***

Semanas después el archivero papal recibe la valija diaria. Deposita los documentos sobre la mesa de caoba y comienza  a ordenarlos por fecha de matasellos. El hombre resopla cuando abre los cajones repletos de papeles. “Este Papa español vive más preocupado por el boato y la diplomacia que por atender a los súbditos. Dos meses ya desde que ocupó la silla de San Pedro y su secretario aún no me ha visitado”. Como si el secretario hubiese oído sus pensamientos le anuncian al conde Carigiano.

El noble se planta ante él y solicita los papeles pendientes, “¿Todos, Excelencia?” “No os excedáis, dadme un par de ellos”. El archivero se dirige a los cajones para seleccionar lo más atrasado. Carigiano, impaciente, se adelanta y coge de la mesa los dos atadijos menos voluminosos. “Excelencia, los hay anteriores”. Carigiano se encuentra ya en la puerta que se cierra tras él empujada por la guardia.
 
Alfonso Borja y Cabanilles, Calixto III, se ha levantado de buen humor esta mañana. Su proyecto de reconquistar Constantinopla —que había visto peligrar debido a la negativa de Inglaterra a suscribirlo— ha cobrado fuerza bajo el impulso de Portugal y Génova; esto, unido al desayuno de pichones, uvas y dulces de yema le ha convertido en un hombre feliz.

Desde la ventana del Palacio Apostólico observa la ciudad que extendida bajo su vista y obediente a su mandato. Sonríe satisfecho. La llegada del Conde interrumpe su pensamiento, “Santidad, algunos de los documentos atrasados”, “Léemelos”, contesta sin apartarse de la ventana. Carigiano aclara la voz “Santidad, esta carta viene de Donrémy, Francia:

En el año del Señor de 1455, nos dirigimos a Su Santidad con el respeto y la devoción que merece el enviado de Dios, Nuestro Señor, en nombre de nuestra hija Juana Darc, también llamada Doncella de Orléans, injustamente quemada en la hoguera acusada de brujería.

En verdad, no existía un alma más pura y valiente que la de Juana. Lo demostró luchando contra los invasores ingleses y defendiendo la fe católica. No mintió sobre las apariciones y las voces que le indicaron su difícil camino. ¿Cómo si no una joven campesina iba a conseguir la determinación y el valor para llegar hasta el Rey y acaudillar un ejército? 

Su Santidad, sabemos que nuestra hija subió al Reino de los Cielos porque Dios es justo y a Él nada se le oculta, pero solicitamos de su caridad que restaure el buen nombre que debió otorgársele en la tierra. 

Esperamos de vuestra generosidad y autoridad la anulación del ignominioso juicio y el reconocimiento de que ofreció su inocente vida por Francia y por la fe…” 

—Recuerdo ese proceso. Lo viví siendo ayudante del papa Nicolás. El obispo de Beauvais consiguió testigos falsos y se aportaron pruebas de dudosa procedencia. El resultado fue declarar bruja a Juana Darc. Prepara los documentos para anular el juicio.

—Su Santidad, ¿estáis seguro? —ante la mirada del Pontífice el conde tartamudea— Lo preguntaba porque no sé cómo lo tomarán en Inglaterra, si mal no recuerdo la mitad de los jueces de ese proceso fueron ingleses…

EL papa Calixto esboza una sonrisa y zanja la cuestión, “Lo sé”.

Marusela Talbé

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