jueves, 4 de diciembre de 2014

Aislada


Le acercó la ropa al chico Harris. Lo ayudó a vestirse. Las manos se le movían solas y no acertaba a abrocharse la camisa. Rosa comprobó que el muchacho no tenía ni un arañazo. Lo llevó a la cocina y le dio una taza de ceibo. Aún temblaba cuando se marchó. Ella esperó paciente a que Mamita apareciese. Sabía que le iba a pedir explicaciones y había preparado la respuesta en un papel: “Ocuparé la habitación de Alondra. Quiero pagarte.”



Esa mañana Rosa se había colado en el cuarto de Alondra. Para su desgracia la sorprendió acuchillando el colchón. Rosa clavaba la navaja y la arrastraba a lo largo de la tela  una y otra vez. Ocupada en no dejar ni una maldita pluma dentro del colchón, no la vio entrar, ni echar la llave a la puerta. Cuando se dio cuenta Alondra estaba plantada ante ella con un cinto en la mano.

Mamita desde el bar oyó los golpes. Estas chicas, pensó, por qué pelearán ahora. Siguió secando los vasos hasta que cayó en la cuenta de que las voces que oía eran solo de Alondra: “¡Hija de la gran! ¿Yo qué te he hecho? ¡Engendro del demonio!”, y cada tres o cuatro palabras un silbido y después un golpe seco. Mamita dejó su tarea. Era Rosa, sin duda, quien recibía la paliza. Subió las escaleras, se paraba en cada escalón, suspiraba con cada flexión de las piernas. Entró en el cuarto con la llave maestra. Alondra había arrinconado a la chica que intentaba protegerse la cara con los brazos. La mujer iba a descargar otro correazo pero Mamita la sujetó.

―¡Tengo dicho que en la cara y en los pechos, no! Y ya está bien. ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó con asombro al ver la alfombra plumífera, etérea y sutil, que cubría el suelo.

Alondra se echó a llorar.

―Mamita, la muy puerca ha destrozado mi colchón de plumas. ¡¿Cómo voy a trabajar ahora?! —gritaba entre hipidos y pataletas. Blandía la navaja que le había arrebatado a Rosa.

―Préstale la yegua que te regaló tu compadre para que se llegue al colmado y vuelva cuanto antes con otra pieza de tela. Que te ayude a recomponer el colchón —dijo a la vez que le quitaba la navaja—. Y tú, cuidado con lo que haces —advirtió Mamita al entregar el arma a Rosa, mirándola fijo y acercándosele a la cara.

Devolverme la navaja, qué ocurrencia. No lo habría hecho con ninguna otra. No me toman en serio, ni Mamita, ni las chicas, ni los clientes. Puede ser porque no armo ruido. Lo de eres aún una niña, ya no vale.

Había escogido su nombre hacía meses. Lo había escrito en un papel y mostrado a todos esperando que esa presentación sirviera para que comenzaran a solicitarla, pero solo había conseguido que dejaran de llamarla Laniña. Y allí seguía Alondra, vieja, pero con la mejor habitación de la casa en vez de estar en la cocina desde hacía tiempo.

De camino al pueblo, palpó en el bolsillo la navaja y el dinero. Mamita le había hecho firmar un pagaré que tendría que saldar cuando trabajase. Pues claro, es lo que quería. Pero el pagaré no tenía fecha. ¡Mamita era quien la apartaba del trabajo!

En un par de horas regresó con la tela. Comió en la cocina viendo a las chicas coser  la funda. Mamita no le quitaba la vista de encima. La mandó al cuarto a recoger las plumas en cuanto terminó el plato de frijoles. Lo agradeció. Estaba harta de las miradas de Alondra. Mientras cortaba la pieza de tela temió que le lanzase las tijeras.

Con la mano en el bolsillo, tentando la navaja, admiró la habitación: las paredes tapizadas con tejido de damasco dorado a juego con el dosel de la cama; el fino aguamanil de porcelana; el tocador que exhibía tarros de lociones perfumadas. Detuvo la vista en el suntuoso armario de caoba con herrajes dorados esculpidos en forma de hojas de parra y flores, repetidas en el copete y en las esquinas de las puertas; la madera brillaba bajo el pulido de la cera y el mueble olía a campo, a lluvia y a manzanas. Había pertenecido a la abuela, ricachona y aristócrata, de un cliente fiel. Lo abrió. En su interior la ropa era colorida y brillante. Rosa la manoseaba hasta que se vio reflejada en el  espejo de la puerta. Como serían las mujeres que se habían mirado en ese espejo y qué dirían si pudieran hablarle y ella oírlas: “Hazlo. Rómpelo. Que no vuelva  a reflejar a esa pájara”. Algo así le dirían, sí.

Lo rayó sin prisa, se entretuvo dibujando arabescos. El ruido hiriente de la punta metálica sobre la superficie lisa y fría como hielo no llegaba a su cerebro. Más adelante, en el correccional, recordaría aquellos minutos de placer. Convirtió la pureza del espejo en un ovillo de arañazos. Bastó un pequeño golpe en el centro otro en las esquinas para que cayera desmoronado a sus pies como un castillo de naipes. Tomó un pedazo de tela del antiguo colchón e hizo un hatillo para recoger los cristales. Se cortó con  las aristas. Se clavó las puntas, finas como agujas, más de una vez. Pero pensó que merecía la pena: una idea había iluminado su cerebro, anclado en la niñez, como si hubiesen prendido una linterna dentro. Lo escondió bajo la cama.
Alondra subió arrastrando la funda nueva. La halló sentada en el suelo, junto a la montaña de plumas, con expresión cándida.

—Mételas todas en la funda y cuidadito. Juro que como me hagas otra faena no te salva ni la Virgencita. Cose la abertura, ¿crees que serás capaz, inútil? ―dijo hablándole despacio. Rosa asintió. Se preocupó al verla ir hacia el armario. Sacó de él una bata roja sin mirar siquiera—. Me haces la cama. Cuando suba tiene que estar todo listo, ¿entendido?

Cuando quedaban pocas plumas por guardar sacudió el envoltorio que contenía el espejo, convertido en reflejos lacerantes, dentro del colchón. Cosió la abertura y puso las sábanas.

Aguardó en lo alto de la escalera, desde allí veía el salón. Comenzó a roerse las uñas sin darse cuenta. Alondra, sentada en el sofá verde destacaba como un farolillo con aquella bata. Poco después vio cómo se le cambiaba la sonrisa desganada por una sincera. El mediano de los Harris, de quince años, acababa de entrar. ¡Oh, no!

Alondra no tardó en acercarse, hacerle carantoñas y susurrarle al oído. El chico tenía una sonrisa boba en la cara. Asintió. Rosa los vio subir. Al pasar por su lado Alondra no la miró, el chico lo hizo con sorpresa: habían jugado no hacía tanto tiempo. Les vio entrar en la habitación mientras el corazón se le desbocaba.

Me gustaría oír, Virgencita, cómo me gustaría saber qué es un grito, qué un aullido de dolor por boca de la Alondra.

Pronto vio salir al herrero del cuarto de Estrella poniéndose los pantalones, dando traspiés, mirando a todas partes y a Estrella despavorida tras él. Identificaron de dónde provenía el ruido. Con un empujón la puerta cedió sin dificultad. Se quedaron en el umbral estupefactos; Rosa también.

En el mismo rincón en que ella había recibido los latigazos esa mañana, el pequeño Harris, con las manos cruzadas sobre sus partes, temblaba y movía la boca sin pronunciar palabra mirando hacia la cama. En ella, el cuerpo de Alondra, tendido boca arriba,  mostraba en el rostro una expresión de asombro y dolor. Manchas rojas se repartían por las sábanas blancas como si hubiesen llovido pétalos de rosa.

Marusela Talbé.

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