miércoles, 5 de noviembre de 2014

Odisea de las castañas



Cuando Guille dio la vuelta a la esquina ya no volvió a ver a Luisito por ningún lado, la plaza estaba concurrida pero ni rastro de aquel pequeñajo, que como siempre, después de provocarle, se le había escurrido como una lagartija entre las calles y los soportales.

Mortificar a Guillermo Robledo De los Robledales, era el más divertido de los juegos para Luis, que no desaprovechaba ocasión cada vez que se lo cruzaba por el barrio:

― ¡Eh, gafotas! ¡Estirao que te pisas la corbatita!

― ¡Cara huevo! ¡Cara huevo!

De nada le servían al niño Robledo sus trece abriles ni sus largas y escuálidas piernas, aquel mocoso de nueve años era su peor pesadilla; menudo y ligero como un gorrión, Luisito siempre se le escapaba, o se camuflaba con el entorno como un camaleón o simplemente desaparecía por arte de birlibirloque.

¡Demonio de crio! Aquella tarde no encontró mejor escondite que tras el puesto de castañas, y ¡Virgen de los Castaños! junto a un saco lleno de castañas, gordas y duras como pelotas de caucho. Con la rapidez de una ardilla, sin que la castañera se apercibiera de nada, se llenó los bolsillos y bien abastecido de munición se pertrechó tras el quiosco de prensa. Cuando la cara de Guille no hizo más que aparecer por el chaflán, mirando a uno y otro lado: ¡Zaca! ¡castañazo! ¡en plena frente! pues no tenia puntería Luisito ni nada, tan entrenado como estaba en tales ofensivas.

El pobre de Guille no supo ni por dónde le venían los tiros. Seguía cabeceando con su cuello de ánade en todas las direcciones buscando a su torturador, cuando un nuevo proyectil le dio en mitad de la espalda. Se volvió y vio la castaña en el suelo, la recogió, la miró con atención y aunque el chico no era muy avispado, logró relacionar la extraña munición con el puesto de la castañera, así que se dirigió hacia allí relamiéndose de gusto:

― ¡Esta vez te pillo, listillo! ¡Te vas a enterar!

Pero en ese momento un silbido junto a su oreja le advirtió de que, esta vez el lanzamiento no había hecho diana en su persona y además le vino por la retaguardia, así que se volvió intrigado:

― ¿Humm? pero entonces ¿Dónde estás? ¡maldito gusano!

Y así fue como no se dio cuenta, de que esta vez el proyectil hizo impacto en un tranquilo viandante, que caminaba en avanzadilla ajeno a aquella conflagración. Según se dio la vuelta el buen hombre, se encontró con la expresión anonadada de Guille que aun sujetaba la castaña en la mano. Ambos se miraron, el señor con mirada desafiante y el chico sin saber donde mirar. Por suerte para el pequeño Robledo de los Robledales, justo en ese momento, una andanada de castañas volantes pasó rauda junto a ellos, alcanzando a algún que otro transeúnte. Cuando unos y otros quisieron reaccionar, el listillo de Luisito, que estaba disfrutando más que con sus videojuegos, ya había cambiado de atrincheramiento y reanudaba su ataque desde un nuevo ángulo.

En cosa de unos minutos la plaza se vio colapsada por una lluvia meteórica de castañas y un montón de ciudadanos sorprendidos, que miraban en todas direcciones sin saber que estaba ocurriendo. Unos se resguardaban poniéndose el antebrazo sobre la cabeza, otros se agachaban tras una de las papeleras, las señoras se parapetaban tras los caballeros, y los niños reían y se sumaban a aquella fantástica “guerra de las castañas”, de la que se habló durante mucho tiempo en el colegio.

Cuando tras la inesperada emboscada, algunos empezaron a reaccionar y se dieron cuenta de que se trataba de castañas, se dirigieron todos a una, y sin haberse puesto de acuerdo, hacia el puesto de castañas.

La castañera al verlos venir se puso muy contenta: ― ¡Madre mía, cuanto público hoy! –pensó- pero al fijarse en que todos traían las manos llenas de castañas, se quedó como conmocionada: ―¡Nunca me había ocurrido tal cosa, normalmente las castañas las pongo yo!

Cuando la situación se medio tranquilizó, pues todos a la vez se demandaban explicaciones los unos a los otros, la castañera, que no salía de su asombro, echó un vistazo al saco de sus castañas y viéndolo medio vacío empezó a imaginar lo que había pasado, pero para entonces Luisito ya iba camino de su casa con una sonrisa traviesa dibujada en la cara.


Theru

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