martes, 4 de noviembre de 2014

La señora Marisa



(Dedicado a las señoras mayores de cuarenta. Abstenerse menores de edad, física o mental.)



A las cuatro de la tarde me presenté en el domicilio de mi amigo para irnos juntos hacia Filología. Aunque la clase empezaba a las cinco, estaba ansioso por enseñarle el texto desencadenado por la novela Lolita de Nabokov: quería ver su expresión cuando le contara que había escrito mi mejor poema mientras me masturbaba... manoarriba, un verso; manoabajo, otro verso.

―¡Hola Miguel, cuánto tiempo sin verte! ―La madre de mi amigo abrió la puerta―. Pasa y espéralo en el salón: no creo que tarde en llegar... te haré café. ¿Has comido?

―Lo siento; olvidé que Juan iba hoy al gimnasio... no se moleste...

―¡Qué muchacho! No es ninguna molestia. ―Me agarró de un brazo con suavidad y me condujo al salón―: Siéntate en el sofá y ahora te traigo el café... ¿cómo están tus padres?

―Muchas gracias. ¿Mis padres? Bien y...

Me interrumpí al mirarla: los labios gruesos y rojos de aquel rostro todavía terso me turbaron. Nunca me había fijado bien en aquella mujer porque era la madre de mi amigo ―recordé que algunos compañeros de facultad alardeaban de sus interesantes experiencias sexuales con maduritas―, pero aquel día, a solas con ella por primera vez, descubrí la belleza cálida y rolliza que insinuaba su ligero vestido lila de verano, abotonado desde las rodillas hasta el amplio y espléndido escote.

―Voy a preparar café ―dijo al darme la espalda, y su orondo trasero, para dirigirse a la cocina.

Unos minutos después, la señora Marisa se inclinó sobre la mesa del salón para dejar la bandeja. Frente a mí, a un escaso metro, dos enormes tetas intentaban escapar del generoso escote que apenas las contenía con un pequeño botón. Como si éste adivinara mi deseo, se desprendió y liberó dos blanquecinas montañas que saltaron hambrientas y redondas hacia mi rostro. Las agarré con fuerza antes de que me taparan la boca y la nariz con su lechosa inmensidad, y tuve una erección instantánea al comprobar la todavía suave y firme piel que los cubría... los erectos pezones, rosados e insolentes, miraron mi boca con la perversa intención de penetrarla hasta que una lengua larguísima, afilada y babosa, les atacó como una lanza: era la mía, incontrolable y ávida, sedienta de aquellas moles maternales.

―Miguel, aquí tienes el azúcar y unas galletas. Espero que Juan no tarde mucho ―La voz de la señora Marisa me despertó de mis fantasías y la miré sudoroso y culpable. Ella, con una sonrisa que me pareció dulce, dejó la cafetera en la bandeja después de llenarme la taza y se subió el escote del vestido hacia arriba, insinuando que se había percatado de mi lúbrica mirada. Ruborizado, bajé la vista hacia la mesa, recogí la mochila del suelo, la coloqué encima de mi vientre para ocultar la abultada bragueta, cogí con mano temblorosa la taza de café y bebí deprisa un amargo sorbo.

―Lo siento... tengo que irme: Juan no viene y va empezar la clase de... ―dije sin mirarla al levantarme.

―No te preocupes, no pasa nada, cosas de jóvenes y... mi hijo no estará en casa mañana por la tarde ―susurró al llevar mi mano derecha hacia su escote.

Matilde Selva

1 comentario:

Gracias por leer y comentar. Saludos.