domingo, 26 de octubre de 2014

Retrato




    


Su corpulencia se debía a la anchura de hombros y caderas, no a la estatura, y a la masa musculosa que cubría los huesos e inflaba la piel como si fuera la espuma de un cojín. Poseía una sonrisa dispuesta a brotar como manantial y la carcajada limpia como el agua. Miraba a los ojos cuando le hablabas, pero algunas veces se perdía en sus pensamientos volando en una alfombra mágica que lo alejaba de tí y, entonces, dejaba de escuchar, de paladear, de ver.
Desprendía calor. En invierno era un calor físico que te hacía buscar sus manos para estar reconfortada como cuando sostienes un tazón de leche humeante, o le das un buen trago a una copa de coñac. Pero emanaba otro calor que le surgía del corazón globoso y granate como fresa madura y que saboreabas con glotonería para no perder su esencia. Este calor te envolvía con un manto del que deseabas no desprenderte. Aunque no siempre era así, convertirse en un animal a la defensiva o dispuesto al ataque formaba parte de él como su olor corporal o su sombra.
Estos picos y valles, estas sierras abruptas y tormentosas lo transformaban en alguien con quién, de haberlo intuido, no hubieras compartido ni un instante, ni un café, ni una sonrisa. No podías evitar desear que la tormenta pasara cuanto antes, sin importar los destrozos a su paso, para regresar al hogar con chimenea, a la alfombra y al cojín.

La pasión con la se entregaba a la vida había engendrado un hombre bondadoso y terrible, y yo me había enamorado de él.


Nuestras vidas comenzaron a discurrir plácidas en un río que aunque se acelerase en los torbellinos terminaba por fluir hacia el remanso, y la corriente nos arrastró en el mismo bote.


Pero tras la época dulce de lo nuevo ─los cepillos de dientes juntos en un mismo vaso, los amigos de ambos reunidos en nuestra mesa, los planes de fin de semana compartidos y repartidos entre la “gran superficie”, la colada, y el sexo─, llegaron las lluvias, el bote hacía aguas y yo tuve la certeza de que las únicas manos que intentaban achicar eran las mías.


Cuando llegaba a casa salía a recibirle como un perrillo, pero él, al levantar la vista de las llaves, ensombrecía el rostro, dejaba la sonrisa aguardándole en el felpudo hasta el día siguiente, y a mí me permitía leer en sus ojos la palabra “indiferencia” escrita con mayúsculas. Yo no había cambiado. Seguía buscando su calor, tolerando los pensamientos que se inmiscuían en mi charla y se lo llevaban lejos, seguía anhelando la calma tras la tormenta. Pero una neblina de amargura había ido empapando las cortinas, se había escondido en rincones, ocupado armarios y arrellanado en el sofá quedándose con el mejor sitio. Con el paso del tiempo se había espesado como una melaza que no se despegaba de nosotros.


Un fin de semana conseguí encajar las piezas para huir a un hotelito rural. Las fotos de internet no le habían hecho justicia porque los colores eran más brillantes, la visión más amplia y los olores y sonidos nos aislaban en un paraíso terrenal. O eso pensé hasta que le vi sacar el móvil. No desesperé, fui hasta él, le besé y le quité el teléfono.


Una hora después preguntaba dónde estaba, bromeé con la posibilidad de dárselo el domingo por la tarde.


─No tiene gracia. Devuélvemelo.


─¿No puedes olvidarte de él por cuarenta y ocho horas?


─Puedo, pero no quiero ─respondió con una mirada de hielo que me congeló el corazón.


─¿Y si te lo pido como un favor? Te quiero para mí durante unas horas.


─Siempre igual. Devuélvemelo.


─Ya no me amas, ¿verdad? Ni siquiera te gusto ─ le vi removerse impaciente en la cama, levantar el brazo derecho y agitar la mano solicitando el móvil, mientras con la otra tamborileaba sobre las sábanas. Sin ruido, como si no pasara nada. Pero yo sabía que dentro de él existía un reloj que descontaba los segundos hasta que la espoleta se disparase, y no me importó agotar la cuenta.


Fui por el aparato que había guardado en el bolsillo del pantalón abandonado en el respaldo de una silla desde el primer beso.


─Si no me contestas lo tiraré por la ventana.


Estaba allí el animal furioso, con las mandíbulas apretadas, los puños tan cerrados como los ojos de un muerto y esa mirada que había pasado del hielo al fulgor hiriente del sol de mediodía.


─Haz memoria ─dijo mirándome como si quisiera leer en mi cerebro y comprobar que obedecía─, ¿te dije alguna vez que te amaba?


Tiré el teléfono. Pero lo hice apuntándole y fue, sin duda ninguna, la primera vez que di en el blanco. En el blanco pálido de su sien derecha. Perdió la vista. Ahora y para siempre es mío.


Marusela Talbé




2 comentarios:

  1. Un "Retrato" estupendo Maru, tienen mucha fuerza las palabras, se adecuan perfectamente al tema, que es duro, y transmiten perfectamente no solo la situación, también unos sentimientos que aunque no se expresan son tan evidentes que el lector participa de ellos. En mi caso al menos -no se si sabré explicarlo- el poso que queda tras la lectura son precisamente esas emociones que imaginas en el narrador, más que el personaje responsable del título. Y eso es lo que me ha llamado mucho la atención (gratamente se entiende).
    Un besazo guapa.

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  2. Hola Theru, ¡qué bien verte por aquí! Me alegro si te ha dejado "poso"; para mí, es la mejor señal de que el relato ha contado algo. Un beso.

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Gracias por leer y comentar. Saludos.