martes, 28 de octubre de 2014

Margarita está linda la mar



Pierre tiene una tienda de antigüedades en al casco viejo de Niza escondida en el laberinto de callejuelas adoquinadas, fragantes a jazmín y a mar. Sobre el local, su vivienda: un apartamento pequeño pero con una terraza de más de cuarenta metros cuadrados que se vuelca al mar.

Cuando un cliente duda si comprar esa pieza que “Puede que lo sea, pero no sé…Parece que no se ajusta a la época de datación”, Pierre lo toma del brazo, por una escalera de caracol lo desembarca en la terraza, le invita a tomar algo y le presenta a su mujer: Marguerite —Mar como él la llama—, es la experta en arte.

Pero Mar está ausente. “Ausente del mundo, doctor, ¡no comprendo qué le pasa! Sí, deprimida, pero ¿por qué? Se siente insatisfecha, dice. Mejoró cuando tomaba tres pastillas al día”, le cuenta al médico, que asiente comprensivo. Y vuelve a casa con una caja con mayor número de comprimidos.

― ¿Eres tú, cariño? ― la voz proviene de una mujer que se marchita tendida en una hamaca en la terraza. Ronda los cuarenta. Se adivina, tras la máscara de la apatía, una mente despierta y un rostro hermoso―. ¿Qué ha dicho el médico?

―Que sí, que tomes las tres pastillas ―Pierre se asoma a la barandilla de la terraza― ¡Ahí está!

― ¿Quién? ―pregunta ella sin moverse de la hamaca.

―Ese hombre. Me da la sensación de que es alguien famoso. ¡Asómate!, ¿lo reconoces?

―El traje es alta costura, estoy segura… Un poco excéntrico con ese sombrero de paja ¿verdad?, pero muchos ricos lo son. No me resulta conocido. Desgarbado y chulo, ¡qué gracioso!

El personaje alza la vista en ese momento, sonríe y se quita el sombrero a la vez que inclina cómicamente la cabeza, a continuación todo el torso y después flexiona la pierna derecha .

―Una reverencia en toda regla ¡ Como un mosquetero! ―Mar ríe.

—Viene a la tienda. Voy a atenderle —anuncia Pierre, atusándose el escaso cabello y alisando su camisa.

Mar escucha las voces de Pierre y Coralie, la ayudante del negocio, hablar con él y tras un rato, oye pasos en la escalera. Su marido suele levantar la voz antes de llegar a la terraza para prevenirla, pero esta vez no era necesario.

―El señor dice que no tiene nombre, querida ―indica su marido guiñándole un ojo―. Además, no sabe muy bien lo que busca. Le he dicho que suba a tomar un refresco y se deje aconsejar por tí. 

El desconocido se adelanta, toma la mano de Mar, hace ademán de besarla y cuando parece que va a retirarse, la besa impetuoso y con sonoridad cómica. Ella ríe divertida, mientras el rostro de Pierre muestra desconcierto.

―Le traeré un refresco, ¿quiere? —propone Mar.

―Preferiría una cerveza. Y algo de picar. No me sienta bien beber con el estómago vacío.

El anticuario se sorprende no tanto por el desparpajo de su invitado, como por la naturalidad con que actúa su mujer.

―Dos bellas mujeres, una abajo y otra arriba, ¡vaya suerte!, ¿eh? —le comenta guiñándole un ojo y bajando la voz en cuanto Mar se pierde por el pasillo. Pierre enmudece―. Vamos, no irá a decirme que no hay un affaire con la señorita Coralie. Estas cosas se notan ―el hombre le pasa un brazo por los hombros ―, pero no se preocupe, su secreto está seguro conmigo —afirma sonriente.

Pierre prefiere regresar a la tienda, aunque a medida que transcurren los minutos se impacienta y se acerca cada poco tiempo al pie de la escalera. Oye a Mar y al desconocido a veces riendo, a veces cuchicheando y ahora, en este momento, se escucha música y parece que bailan.

―¡Tranquilízate! ―le reconviene Coralie.

― No sé qué hace tanto tiempo ahí arriba. Por otro lado, si algo fuera mal Mar me habría avisado, ¿no?
―Nos hemos pasado la tarde vigilando cada ruido de ahí arriba. Ha habido de todo, Pierre. Yo juraría que hasta se han besado— sugiere Coralie maliciosamente frunciendo con coquetería los labios juveniles maquillados de rojo intenso.—Pierre protesta con vehemencia— Si de verdad me quieres eso no debería importarte ―añade mimosa acercándoselos al oído.

En ese instante Mar se asoma a la escalera, “Pierre, nuestro invitado se queda a cenar. También le he invitado a dormir”, le advierte entre risueña y misteriosa.

Al día siguiente, Pierre se despierta con resaca. Recuerda que la noche anterior cenaron, bebieron —demasiado, a juzgar por su dolor de cabeza— y bailaron.

"Al despertar, Mar no estaba en la cama, ¿dónde está?, me pregunté ― le contará más tarde a Coralie―. Encima de la mesita de noche vi la hoja doblada, la abrí y ¡mira! : “Cariño, no te enfades, me voy con Tipo. Así le he llamado porque no recuerda su nombre, ja,ja,ja. No es rico, cree que es un vagabundo. El traje se lo regalaron en un outlet. Voy a vivir su vida desordenada y absurda que me hace reír. Tú pásalo bien con Coralie. Puede que volvamos a vernos. Tira mis pastillas, ya no las quiero. Un beso, Marguerite”.


Marusela Talbé

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