sábado, 25 de octubre de 2014

La vida después de Fran



No voy a engañarme pensando que todo irá bien. ¡Ni hablar! Nada va bien y nada va a cambiar ahora porque sí. Por mucho que Laura esté feliz de nuevo. A veces sonríe, mírala, ahora está sonriendo sola. Si ve que la miro dejará de hacerlo ¿Qué hora debe ser? Toda la maldita tarde lloviendo, vaya semana. Deben de ser ya las seis, o más tarde... Yo empezaba a asumirlo, creo que ya no lo tenía tan a flor de piel y solo me hacía daño cuando algo me lo recordaba. ¡Dios, otra vez no! Y ahora, tan reciente. Mira cómo nos pilla. Será que no hemos llorado bastante. La otra tarde vi llover… ¿Dónde andará el cedé de Manzanero? Tenemos que hablar, no podemos continuar con este silencio que nos está matando. Iré a buscarla al estudio y le diré: Laura, ven. Siéntate conmigo, hablemos. Lo haré luego. O cuando deje de llover. Y no estabas tú. Quizá sea una nueva oportunidad… ¡Ingenuo! Cómo puedo pensar eso. Nadie va a borrar lo que hemos vivido, y además tampoco quiero olvidar. No sé si soy yo, que no quiero separarme de él, o Fran el que insiste en venir a verme noche sí y noche también. Me duele. Dios, cómo me duele. Pero me reconforta. No sé si hablo en sueños, o si lloro cuando le veo. No quisiera. No quiero que Laura me oiga. ¿Qué debe estar haciendo por ahí? Debería ir a buscarla. Tal vez lo haga luego. ¿Y qué pasará ahora? ¿Qué pasará dentro de unos meses? Cuando nació Fran, llovía como hoy. Yo sentía pánico de no saberlo coger, de que se me cayera. La vida es tan frágil. Esta estúpida vida se ríe de nosotros. Nos vapulea y luego sigue adelante como si tal cosa. Esa lluvia me pone enfermo. No, no voy a olvidarle, no buscaré en otra parte las ilusiones que le pertenecen. ¿Quién dice que todo irá bien? Ni hablar. Ya nada irá bien..

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Las primeras semanas tras la muerte de Fran fueron las más duras. Me despertaba con los ojos llenos de lágrimas y envuelto aún por la angustia de las pesadillas. En ellas, su recuerdo solía visitarme con una intensidad que creía no poder soportar. Aparecía envuelto de luz, regalándome su sonrisa. Y después, sin motivo, se alejaba para siempre en silencio. Era en esos momentos cuando más me preguntaba sobre el sinsentido de que mi vida continuara un día tras otro, si irremediablemente no iba a sentir el abrazo de mi hijo nunca más.
Algunos amigos se me acercaban, movidos por su vocación de consuelo, cargados de buenas intenciones y de frases huecas. Debes seguir viviendo, afirmaban, y apelaban a mi ánimo y a mi cordura. Tienes que volver a ser el de antes, recomponerte… Pero yo seguía roto por dentro, convencido de que no existía ninguna razón para hacerlo, que no podía volver a ser el de antes porque ese yo había muerto aquel día con Fran. El duelo me transformaba y me enemistaba con la vida. Y yo quería ese dolor para siempre porque estaba convencido que, de otra manera, traicionaba su memoria y todo lo que de él quedaba en mí; porque me sentía culpable y renegaba de cualquier posibilidad de volver a ser algún día resignadamente feliz.

Con Laura no era distinto. Buscábamos la distancia por no hacernos más daño, por no enfrentar en cada sollozo del otro nuestro propio dolor. Omitíamos su nombre y su recuerdo porque creíamos que hablar de él y apoyarnos cada uno en el otro nos haría sentir aún más vulnerables. Y de ese modo nos prohibimos las caricias y los abrazos que tanto necesitábamos.

Tres meses después de la muerte de Fran, Laura rompió de un modo brutal esa ausencia de roce que nos habíamos impuesto. Tomó mi mano y la acercó a su vientre. Ella me miraba con desesperada ternura y con ese dolor infinito quemándole más que nunca. Caí de rodillas y, sin hablarnos, lloramos amargamente.

Fue en ese estremecedor cúmulo de añoranzas, tristeza, dudas y nuevas esperanzas, cuando sentí por encima de todo un repentino y angustiado temor. Un miedo atroz a depositar todo el amor de nuestra alma dolorida en la fragilidad de una nueva vida.


Carmelo Plaza

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