domingo, 26 de octubre de 2014

Ella no necesita un psiquiatra



Se paró un instante en el vestíbulo. Como una autómata se dirigió al buzón, lo abrió. Extrajo varios sobres que hojeó sin prestar atención. Propagandas; publicidades que la hacían sonreír porque ella —reina de los dobles sentidos, metáforas y símiles—, se las sabía todas. “Si trabajasen en mi agencia durarían lo que un insecto ante un camaleón”. 


Se enfrentó al ascensor. No sabía qué tipo de fobia estaba gestando, pero cada día tragaba saliva antes de subir al hermético de acero, como lo había bautizado.
“Por qué coño se nos ocurriría elegir las alturas”. Tomó aire y entró. Veinte pisos recorridos en cuarenta segundos si no hay paradas intermedias. Lo ha comprobado un centenar de veces para decírselo al psiquiatra, cuando vaya: “Cuarenta eternos segundos”. Dani desea que concierte la cita. Ella sabe que no es solo por el ascensor es, sobre todo, por el constante posponer el tema de los hijos. “Dame una razón, cariño. Somos una pareja estable, las cosas nos van mejor que bien, tenemos salud. Nos falta crear una familia, un par de niños. Será maravilloso. Ya lo verás”. La palabra familia rechina en su cerebro igual que encontrar arena en un plato de almejas.

Una voz de caramelo anuncia la planta veinte. Por fin puede abandonar el hermético que la asfixia como si hubiera ascendido a ocho mil metros. Suda. La llave padece el baile de San Vito y cuesta introducirla en la cerradura hasta que sujeta una mano con la otra. Se abren unas puertas y se cierra otra. Reflexiona apoyándose sobre la mesa redonda de cristal y pizarra que ocupa la entrada “Es fría”, le había comentado a Dani en la tienda de Milán. “Es espectacular — había contestado él—. Como tú”.


Daniel, buen publicista, todo un manipulador. Lo supo desde el primer momento y por eso se consideraba a salvo, pero le fastidiaba la frescura con que usaba esa habilidad. Lo había reflejado en varios relatos. Se los enseñaba cuando mostraba interés por sus textos. Nunca se dio por aludido. No sabía si era una pésima escritora o el hombre con quién vivía, un necio. No compartía con nadie una vocación que se iba abriendo paso a empujones, con un ímpetu que la desequilibraba y que ocupaba más espacio del que tenía disponible, como si un archivo de mil teras quisiera descargarse en un portátil.

Dejó las cartas y el bolso sobre la mesa. Se detuvo bajo el arco que daba paso al salón con su frente de ventanales asomados al cielo de la ciudad. “¿Cuántas veces los he abierto en el último año? Cuatro. Cinco. La climatización me atrapó”, se dijo.
Sacudió la cabeza para huir de la visión que le palpitaba dentro; el recuerdo de la visita al escritor reconocido la apremiaba. La había recibido en el piso, con escaleras de madera que crujían secas de tantas lejías, en el barrio viejo de la ciudad: zonas peatonales, turistas, tiendas de recuerdos, y franquicias de bares de comida rápida mezclados con viejas tabernas frecuentadas por sus parroquianos. Sentada frente a él, le había lanzado una pregunta que la noqueó: ¿Por qué quiere escribir?”. Incómoda en la habitación con balconcillo, librería desigual comprada a golpe de edición, libros manoseados, cenicero con escudo de un club de fútbol, y ante una persona —sobre todo eso— que no podría estar en ninguna otra parte mundo porque ese cuarto era un abrigo hecho a medida, la embargó la envidia. Él no envidiaría a nadie y nada echaría en falta, porque lo tenía todo. La entrevista no había funcionado. No es que esperase que el escritor abriera su manuscrito y bolígrafo en mano se dedicara a comentar frases, elipsis, metáforas..., no; aunque, tal vez, un poco sí. Pero fue ella quien insistió en dejárselo a pesar de la certeza de que el hombre no encontraría tiempo para leerlo, y él quién no supo rechazarlo.


Al regresar de estas reflexiones pensó que podía llevar allí quince minutos o quince segundos, notó que en otro tiempo no se habría perdonado el despiste y ahora no le importaba.

Se había descalzado los “manolos”, servido una copa de vino y miraba los tejados de la ciudad cuando oyó el ruido de la llave en la puerta. Se giró. Daniel se acercaba sonriendo. La cogería por la cintura y besaría su mejilla. Tomaría un sorbo de vino e intentaría adivinar bodega y cosecha, se equivocaría y eso le valdría de excusa para ir a la cocina y servirse su copa. Ella preguntaría si no había bebido en la agencia, y él contestaría que solo un par de gin-tonic y medio güisqui.Y cuando él volviera la encontraría con la cabeza baja mirando la copa que giraría entre las manos.

- Qué pasa? ¿Te ocurre algo?


—Dime…, si desapareciera por un tiempo, no sé… tres, cuatro años, diez, ¿crees que la gente me olvidaría? —Ella misma se respondió— Yo sé que sí.

—No entiendo a qué viene esto —replicó él con una sonrisa intranquila. Fue hacia la puerta, la abrió, miró el ascensor y las escaleras, y se volvió para decirle:

—¿Te mudarías a un bajo?


—¡Claro que no! —respondió él—. Nadie querría vivir con los pies en la tierra cuando puede tener el cielo —contestó guiñando un ojo.


La vio perderse por el pasillo hacia el vestidor y salir dos minutos después ataviada con vaqueros, sudadera y deportivas.


—Yo sí. Me marcho.
Sonreía como si le estuviera dando una buena noticia. Daniel oyó los pasos ligeros desaparecer escaleras abajo. 

Marusela Talbé

1 comentario:

  1. Hola, guapa. Precioso blog, y elegante. Este no marea la vista como el mío con tantos colorines, jajaja. Y buen relato.
    Felicidades a tu hada madrina.
    Un abrazote.

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Gracias por leer y comentar. Saludos.