jueves, 30 de octubre de 2014

El regalo



El cajero automático parpadeó, saltaron chispas y empezó a escupir cientos de billetes. Tú que paseabas al perro con desgana y que con docilidad sucumbías ante el pesimismo día a día, fuiste el primero en acercarte, tímidamente, mientras mirabas a un lado y a otro pensando que en cualquier momento aparecería un pringao, micrófono en mano, al que envidiarías, para decirte que se trataba de una cámara oculta.
Luego te aproximaste tú, anciana de mano huesuda y artrítica agarrada al bastón, la que con disimulo empujaste al chico y a pesar de la rigidez de tu columna te agachaste lo suficiente para atrapar un par de billetes.
Seguisteis vosotros: transeúntes desocupados del barrio obrero con las manos en los bolsillos vacíos los que, sintiendo cosquillas en el estómago y abriendo los ojos incrédulos para intentar comprender el azar que se había colado en el día gris, os humillasteis una vez más pero ahora con un impulso feliz.
Llegasteis vosotras, hartas de fregar suelos que no son vuestros, de mendigar un kilo de esto o un paquete de esto otro, y abandonasteis las bolsas con la humilde colecta para entregaros a una forma tan fácil de conseguir dinero que os temblaban las manos.
La confusión se convirtió en dicha. Después en avaricia.



La última mano ha sido la tuya, chiquilla; rápida como la lengua de un camaleón ha salido de tu manga cochambrosa para volver a esconderla junto a su presa de papel y, así, evitar que un adulto te arrebate el único billete que has conseguido escurriéndote entre esa maraña de piernas y brazos compactos como un muro.

Faltabas tú. Has aparecido desbocado como un caballo salvaje, acompañado del guardia de seguridad para que no quepa duda de quién manda aquí, reclamando honestidad y decencia. Tú, el depositario de las monedas, sucesor de Judas, te desgañitaste hasta que la garganta se quemó y tus pies se cansaron de castigar el suelo con patadas de rabia. Pero no te sirvió de nada: los billetes habían desaparecido, volado a otras manos, como impulsados por una ráfaga de viento justiciero que milagrosamente hubiera visitado el barrio.


Marusela Talbé

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