viernes, 31 de octubre de 2014

El fotográfo y la eternidad





«Estaba allí sentada, bien derecha en el banco, mirando de frente. Destacaba sobre los cristales oscuros: rodillas juntas y pies separados formando un triángulo equilátero como dibujado con escuadra y cartabón; a ambos lados de los muslos caía la tela de la falda, alas en reposo de un ave de fuego; sobre esta, en el centro —ante su centro— descansaban las manos con los dedos entrecruzados como en oración. 


Llevaba la chaqueta cerrada con una hilera de botones y el cuello redondo abrazaba la garganta esbelta como la de una garcilla. Era maravillosa. Me di cuenta a la primera ojeada que poseía una simetría bilateral única. Desde los pies, esquinas del triángulo, hasta la cabeza. Sí, también la cabeza. Peinada con raya al medio, la línea blanquecina del cuero cabelludo se convertía en bisectriz y abría el pelo oscuro en mitades sujetas con horquillas cayendo las guedejas, idénticas, sobre los hombros. 


Supe de inmediato que revelaría la imagen en blanco y negro, y dejaría la falda en su color original. Naturalmente, no iba a robar la foto. Me acerqué. Le expliqué que no era un fotógrafo cualquiera —soy uno de los grandes, señor juez, puede comprobarlo fácilmente—. Que pensaba editar un libro con mis mejores obras y que estaría encantado de hacérselo llegar a cambio de una instantánea. Sonrió tímida como una colegiala. Confesó que nunca había posado. Quédese así, le dije, no se mueva. Sencillo. 


Me separé, la tenía centrada en el objetivo. Pero es lo malo de las estaciones, ¿sabe?, un tipo cruzó por delante justo en el momento del disparo, Sorry dijo, y siguió como si nada hubiera ocurrido. Imbécil. Enfocaba de nuevo cuando oí un estrépito. Se aproximaba un grupo de excursionistas que se interpuso entre nosotros por unos minutos.

Pensé que ella habría podido marcharse entre esa manada de gente. Si hubiera sido así yo…Por fortuna, reapareció estática sobre el banco como en un altar. Me dispuse a disparar. Pero al observarla a través del objetivo algo había cambiado. No era la misma. Era vulgar; una joven sosa e impasible. El pulso me tembló. En ese momento lamenté mi precipitación. Me abrumó la posibilidad de que no hubiera elegido a la persona adecuada. Bajé la cámara, la miré acongojado, y entonces me di cuenta, ¡ella había retirado las manos de su falda! No estaban delante de su centro sino que las había colocado, de cualquier manera, sobre el banco. Conseguí serenarme. Aún era posible.

Si usted no es aficionado a la fotografía, señor juez, no lo entenderá, pero imagine tener la ocasión de convertir en eterna la perfección; de suspenderla en el tiempo como una estrella en el infinito. ¡De atrapar lo divino en papel para rescatarlo del olvido cuando quiera! Imagínelo. Hice acopio de paciencia, le expliqué, la coloqué de nuevo, inigualable, en aquel banco. Quedaban solo unos minutos de luz pero, al fin, tenía a la chica y soledad alrededor. ¡Clic! Disparé aunque supe que todo se había ido al garete. Me acerqué y la abofeteé. Sí, es cierto. No lo niego. Y la habría matado con mis propias manos. ¿Sabe qué había hecho? ¡Había girado la cabeza, mirado de reojo y sonreído adoptando una pose coqueta! Incluso sexy. Lo que el objetivo había captado era un rostro torcido, unos labios entreabiertos en desigual sonrisa, el torso doblado y giboso, y las piernas…Adiós simetría. Pobre criatura ridícula. Para colmo había empezado a gritar, a pedir socorro como si yo fuera a…En fin, es joven, aún puede tener oportunidad en manos de otro artista. Ya no en las mías, desde luego, nuestro feeling se perdió. Haga lo que tenga que hacer, señoría, pagaré una multa, realizaré servicios a la comunidad, ...».

—¿Qué sabe de la sexagenaria que apareció estrangulada hace aproximadamente un mes en el aparcamiento de esa misma estación
?

Marusela Talbé

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