domingo, 26 de octubre de 2014

Carta a Rilke de un joven poeta



Mi estimado Rainer:

No sabe cómo celebro esta aproximación a usted, poeta insigne y admirado desde hace años. La feliz coincidencia del conocimiento mutuo del profesor Horacek me ha abierto las puertas de su inestimable presencia, aunque  sea a través de la comunicación epistolar, por otro lado, quizá la más apropiada para hombres dedicados al  mundo literario. Ante todo, le ruego que disculpe esta intromisión en su vida y en su tiempo, del cual deseo no robarle más que el estrictamente imprescindible.

Escribo desde que tengo uso de razón, pero en estos años de universidad se me ha mostrado el espacio  poético, y a él me he dedicado en cuerpo y alma. Considero que es la mejor mano para desnudar los sentimientos. Sin duda, la disciplina impuesta por la necesidad del estudio ha contribuido a una suerte de transformación en mi persona como la que experimenta una larva que abandona un capullo confortable para convertirse en adulto. Un adulto, eso sí, recluido entre las paredes de este noble recinto y sus normas, que no permiten alterar el ritmo de los días ni siquiera en unos simples minutos en aras a la consecución de altos fines.

Me he permitido adjuntar a esta carta algunos de mis poemas ya que, como habrá supuesto, anhelo conocer su opinión sobre mi trabajo.

No tema ser sincero, al contrario, sea tan radical como un cirujano ante una pústula y sane con su pluma todo lo podrido o extraño al cuerpo de la poesía.

Mis poemas tratan sobre el más allá, el destino y, como no, el amor, en el que dicho sea de paso he padecido más experiencias amargas que dulces, hasta el punto de considerar a Safo como mi única y auténtica amante, ya que gracias a su consuelo he logrado superar esos trances.

Mi poesía está repleta de sentimiento, rebosa sinceridad y no adolece de estilo, pienso yo. Pero los intentos por verla publicada en revistas literarias o ediciones sencillas han sido por completo infructuosos. Estos reveses me hacen cuestionarme el camino a seguir y si verdaderamente estoy llamado a escribir poemas. He pasado por noches negras en las que decidía abandonar del todo, retirarme incluso de la lectura para centrar mis energías en actividades sin relación con las letras. Pero al despuntar el alba, ¡qué cierto es que se valoran las vivencias con otra medida!, me doblegaba ante la rabiosa certeza de que abandonar sería renunciar a expresarme.

Debo confesarle que me subleva leer en algunos diarios poemas insulsos ensalzados, sin embargo, por determinados críticos que francamente, a usted puedo contárselo, hacen un flaco favor al propio poeta y, sobre todo, al lector al presentarle como estimable algo mediocre. En más de una ocasión lo he comentado con el profesor Horacek y me sugiere mesura en mis juicios. Los cree impulsivos. Según él consecuencia de mi juventud e inexperiencia. El profesor me insta a que lea con interés esos poemas en que el autor hable de la vida cotidiana: un paseo por el campo en primavera, recuerdos de viajes, encuentros con amigos alejados durante años..., temas sin duda cargados de emoción pero, francamente, insustanciales, a mi modo de ver. En verdad, pienso que existen solo tres argumentos sobre los que escribir, el amor, la vida y la muerte*, y todo lo demás son vagas aproximaciones, retazos inconclusos de una realidad fragmentada, instantáneas tomadas con una cámara deficiente.

Mi admirado amigo, (¿puedo llamarle amigo?, permítamelo, por favor, pues lo siento tan cercano a través de su obra como si lo conociera desde siempre) no deseo robarle más tiempo a sus palabras y a su arte, espero su respuesta que anticipo acertada y sepa que en este discípulo tiene usted a alguien con quién contar en cualquier circunstancia.

Con todo respeto y sincera amistad,

Reniar Eklir

*Este planteamiento sobre los argumentos no es mío sino de Juan Rulfo.

Marusela Talbé

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