lunes, 20 de marzo de 2017

Compartido

Pega la cara al cristal. La vista tropieza con un gorrión. Se balancea. Queda  suspendido un instante. Con un bucle se posa en la barandilla. Salta en picado hacia la acera. Un remolino. Rotación y, ¡hop!, en la rama del plátano. Un respingo. Un giro. Aletea. De nuevo en la barandilla.
El vaho le enturbia la visión del juego, las lágrimas lo borran. Se le han escapado, se despeñan por el precipicio de la barbilla y mueren en el cuello de la sudadera.
A su espalda oye las voces. Detrás de la puerta se libra el combate semanal entre dos gigantes. No se acostumbra. Por raro que parezca depende de él que la lucha termine sin víctimas. Eso piensa.
--¡¿Dónde está el puto crío?!
Se gira, agarra la mochila y contesta: <<Ya voy, papá>>.

Fin

Microrrelato finalista en el concurso del Celard emitido por Radio Extremadura 21/03/2017

miércoles, 8 de marzo de 2017

Una de los grandes

"Todo intento de expresar la naturaleza interior de las cosas es improductivo. Lo que percibimos son efectos, y un registro completo de tales efectos debería abarcar dicha naturaleza. Describir el carácter de una persona es un esfuerzo vano, pero al reunir sus hechos, sus actos, surge una imagen de ella."

Goethe

miércoles, 15 de febrero de 2017

Arrepentidos

La escalera se pierde en la penumbra. Un desgastado brocado malva que tapiza la pared recuerda la prestancia de la casa en otro tiempo.
—Myrna, hay un hombre esperándote arriba.
—¿Quién es?
—Tu hermano Esteban, eso me ha dicho.  — La chica lleva una bata de paño, cruzada y atada; a pesar del abrigo se frota las manos—. Pero menuda pinta de chulo se gasta, ¡ja!, a mí con esas.
Myrna fija la vista en las sábanas que sostiene, aún cálidas, recién planchadas; las acaricia. Toma aliento y continúa el ascenso de la escalera con lentitud. En el rellano, de una puerta entreabierta escapa una línea amarilla, diligente como una flecha. Empuja la puerta y se encuentra frente al hombre.
—¿Ahora eres mi hermano?
—Me ha abierto la puerta la chica de la bata, tan casera ella que he pensado que merecía una respuesta a tono.
—Claro, tú siempre detallista. Y ¿qué quieres? Si es dinero dímelo, ya estoy acostumbrada. Te daré lo que pueda y a otra cosa.
—No. No es dinero. Ni pelea. Quiero hablar contigo. ¿A dónde vas?
—Voy a hacer mi cama. Este no es mi dormitorio.
—¿Qué? —El hombre sonríe burlón—.  ¿Has dejado que te larguen?
Apoyándose en los brazos de la butaca toma impulso para incorporarse. Un gesto doloroso le arruga la boca. Myrna, camino del cuarto contiguo, no lo ve. Esteban la sigue, pendiente de sus caderas, de los muslos que abultan la falda estrecha, de las pantorrillas prietas en las medias brillantes de nilón.
—Esa que siempre está arrecía tiene tres veces más clientes que yo. El cambio de habitación en verdad, lo han provocado ellos, a mí me buscan unos pocos nostálgicos. Estoy deseando que se mueran —dice mientras deja las piezas de tela sobre la cama. Se vuelve hacia el hombre que ha acercado una silla—. En cuanto me jubile se cierra el grifo, ¿entiendes? Me iré al pueblo de mi madre y no quiero verte por allí. Vamos, di ¿cuánto esta vez? — pregunta sacudiendo la sábana.
—Estoy enfermo. Cáncer.
Myrna detiene las manos en alto, sin quererlo, suelta la sábana que cae volando sobre el colchón.  
—Hay muchos tipos de cáncer
—Este es de los malos…
—Cómo de malo
—…seis meses, me han dicho. Yo digo que tres.
—Vaya... De todas formas ahora no es como antes. Hay muchos tratamientos. ¿Tienes seguro?
—Claro que no, ¿cuándo he sido previsor?
—Entonces, ¿necesitas dinero?
—Te he dicho que no. Me jodió al principio, luego pensé que el día que me vaya pá el otro barrio, otros también la diñarán, sin aviso, de repente. Ahora estás, ahora no estás. Vi el lado positivo: tengo la oportunidad de despedirme. He decidido poner las cuentas en orden.
—¿Has venido a devolverme la pasta que te has llevado durante diez años?
—¡Que no, leche! Olvida el puto dinero.
—¿Entonces? — Myrna se mueve alrededor de la cama remetiendo la sábana, por el lado derecho, por el izquierdo. Al inclinarse, la blusa entreabierta trae buenos recuerdos a Esteban.
—¿Puedes dejar la cama y sentarte? He viajado trescientos kilómetros para hablar contigo.
Myrna, suspira, saca un pañuelo arrugado de la cinturilla de la falda y se lo lleva a la nariz, con movimiento huidizo acerca el índice al lagrimal.
—Pensé en tí cuando me dieron la noticia. En lo importante siempre eres tú quién me viene a la cabeza…
—No hace falta que me engatuses, nos conocemos. Hasta a la arrecía le ha bastado una ojeada para calarte.
—…¡Joder!, qué complicao me lo estás poniendo. De todas las que he tenido…eres la única que he querido de verdad. Está dicho. Tenía que pedirte perdón, lo mereces por lo que has aguantado y no lo digo solo por el dinero. Si algo puedo hacer para compensarte aquí me tienes aunque tu dinero no puedo devolvértelo. Lo necesito para Katy —Myrna suspira y un intento de sonrisa desaparece— .  Me he casado. Es muy joven, tenía capricho y no tuve fuerzas para decirle que nanay. Quiere una familia, niños, rollos de esos de un futuro juntos, ya ves. Está embarazada, tendrá que cargar sola con el niño.  Aún no lo sabe, tú eres la primera.
—No pareces tú. Te has rendido, sin más. No me lo trago.
—¡¿Qué mierda te pasa?! ¿Voy a mentir sobre algo así?
—No lo sé. Hace mucho que dejé de entenderte. Si quieres dinero…para lo que sea, dilo.
—Perdón. Eso es lo que tenía que decir, a eso he venido.
—Sí, claro, te perdono.
—Así no. Mírame a los ojos.
Myrna contempla la cama terminada.
—Debí poner otra manta — Tira de los lienzos, desarma la cama. Va hacia el armario, abre la puerta y se oculta de la mirada de Esteban para sacar el pañuelo sin disimulo.
—¿Podrías olvidar lo malo y recordar solo lo bueno? También lo hubo. Sería la mejor forma de perdonarme —Esteban ha elevado la voz, pero no hay respuesta— No vas a perdonarme, ¿verdad? Es eso.
—Tengo que hacerme a la idea; era fácil odiarte. Necesito tiempo. ¿Por qué no aceptas mi dinero? Para una vez que iba a dártelo de buena gana.
La voz de Myrna llega a Esteban distorsionada, flotando a la deriva en un rio cálido y salino.  Él mira el suelo absorto en el dibujo enrevesado de la alfombra a pie de cama. Se ha doblado para destensar la espalda. Qué duro se hará el viaje de vuelta.
—¿Para qué lo querría?
—No sé…alimentarte mejor, comprar medicinas, consultar otro médico. ¡Ir al extranjero! ¿Por qué no? —Myrna sale de su escondite con los ojos brillantes, iluminados de esperanza.
—No hay nada que hacer, Myrna. Me voy.
Esteban se incorpora trabajosamente. La muerte pesa como una losa. Myrna la ve apoyada sobre la espalda de Esteban.
—¿Quieres que vaya a tu funeral?
—Sí, estaría bien.
—¿Cómo…cómo…lo sabré?
—Diré a Katy que te avise.
—Entonces tendrás que explicarle que has venido a verme y ella querrá saber por qué — replica Myrna bajando la mirada.
—¿Te importa ella? Siempre fuiste muy buena gente, Lola. Siempre.
Esteban se acerca, le toma la cara entre las manos, le besa la frente y los labios, salados y húmedos.
—Dices que es joven, ¿no? Que está llena de ilusiones. ¿Por qué no lo haces por ella? ¿Por ese niño? Busca otros médicos. Te ayudaré. ¡Déjame que te ayude por favor!
—No me escuchas. Me muero. No es cuestión de dinero, Lola mía.
—Hasta el final creí que podríamos acabar juntos.
—¿El final? ¿Cuándo fue para tí? —Esteban indaga en el pozo profundo de los ojos de Lola —. Eso me interesa.
—Hoy. Hace un rato. Cuando me pediste perdón por ser tú.

FIN

Salir al paso

Ocho largos años. Habían transcurrido ocho largos años y Nancy iba a casarse de nuevo a pesar de la cruel experiencia con su primer esposo. Después de eso había mantenido un par de relaciones con mujeres. La segunda pareja, Marge, fracasó igualmente, aunque no de igual manera. Se convirtió en amiga contra la voluntad de ambas como si un eficaz supervisor moviese los hilos de sus conductas afectivas. Era imprescindible en la vida de Nancy e iba a hacer tintinear la campanilla de la entrada en cualquier momento para ayudarla con el maquillaje.
Marge poseía unas manos mágicas. Oh sí, por supuesto Nancy no las habría olvidado del todo y, supongo, que este era el recuerdo dormido sobre el que querría pasar de puntillas.
Marge la maquilló lo necesario: satinó el cutis, cubrió alguna mancha, iluminó ojeras y arco ciliar. Nancy no dejaba de parlotear contando anécdotas de bodas y fiestas, agradeciendo a Marge que la ayudase, a mí que hubiese renunciado al día libre.
Marge, sin embargo, concentrada en la tarea no pronunciaba palabra. Dio por terminado el maquillaje con dos brochazos de rubor en los pómulos. Dio un paso atrás, miró a Nancy. El parloteo de Nancy cesó. Intercambiaron una larga y profunda mirada. Fue Marge quién rompió el silencio: «Estás espléndida».
No fue una alabanza, ni un reconocimiento a su habilidad, no estuvo acompañada por un tono festivo, ni ojos asombrosamente redondos, fue algo dicho para ella misma, en voz baja, como si necesitase oírselo decir para comprenderlo en toda su magnitud. Para asumir que Nancy se iba a casar con un hombre y que parecía realmente feliz. Nancy le tendió ambas manos, ella las agarró con fervor. No me despedí al abandonar el dormitorio.
Recorrí el pasillo hasta la sala. Abrí de par en par las puertas del jardín. Observé la puesta en escena: las sillas alineadas en perfecta simetría, las farolas rescatados del atrezo del último montaje teatral de My fair lady, la alfombra de flores compuesta de madrugada, el césped recién segado, fragante y almohadillado. Todo ello superpuesto al fondo de magnolios, a los setos de hortensias y los rosales trepadores que cubrían las celosías, a los parterres de tulipanes, narcisos y pensamientos. Esa avalancha floral no existía semanas atrás. El novio había transformado el delicado y minimalista jardín japonés en aquel estallido de sensualidad. Sencillamente, ella despertó una mañana y encontró tras los cristales un paisaje diferente. Yo fui testigo de la expresión cambiante del rostro, del desconcierto al asombro, de ahí a la confusión; finalmente, a la alegría infantil de niña agasajada.
Teníamos por delante una caprichosa tarde otoñal. El aire suave y persistente arrastraba nubes de aquí para allá, tan pronto gozábamos de tibios rayos de sol como nos cubría un manto lechoso. El oficiante preparaba el libro de lecturas de los novios en el atril. Del fondo del jardín, tras el seto y la valla de hierro, se elevaba el ruido de frenadas de automóviles y de explosiones de flashes que la prensa descargaba sobre los invitados. El novio aparecería de un momento a otro.
Me giré hacia el pasillo al oír pisadas, susurros, risas. Nadie entró en la sala. Los murmullos se alejaron camino de la puerta de atrás hasta desaparecer. Escuché el pestillo que por la mañana había corrido tras recoger la prensa ahora abandonada sobre el sofá. No pude menos que sonreír al releer el titular: “Boda entre el magnate televisivo y la actriz de dudosa sexualidad”.

FIN

martes, 24 de enero de 2017

Me gusta la Lengua



Sueño que estamos sentados al borde de un muelle. Tus piernas llegan hasta el agua, mueves los pies para salpicar las mías.
Te miro. El sol asoma detrás de tu oreja, arranca un resplandor al pelo, a la piel de tu mejilla, al extremo de los labios que brillan húmedos. Me acerco, quiero un beso que no consigo. Te diluyes.
Dichoso sueño, para esto prefiero vivir el presente y conformarme con ver tu boca mordisquear el lápiz ante la decisión de marcar esa palabra como objeto directo, o no. Aunque hoy es diferente, hoy no hay lápiz, toca informática, qué mala suerte, hoy, precisamente hoy, que traigo una caperuza con forma de piruleta para tu lápiz.

Microrrelato finalista en el concurso del CELARD emitido por Radio Extremadura


Marusela Talbé

domingo, 15 de enero de 2017

Primera Cita

—No me asustan las dificultades, al contrario, me motivan. Soy una persona responsable, tras dedicar tiempo a una tarea o a una relación estas tienen que avanzar, ir en la buena dirección. Nada me horroriza más que el vacío del tiempo perdido. El tiempo es nuestro mayor tesoro, ¿no crees? El de cada uno. Me saca de quicio que me hagan esperar y crean que con una sonrisa y una disculpa está todo arreglado. Es mi tiempo, señor, MI TIEMPO, no el suyo. Y tragas, ¿por qué?, porque si no lo haces quedas mal, ¿qué te parece? Y, perdona, otra cosa, he encontrado gente que opina como yo, pero no lo dice porque entonces tendría que cumplir esas exigencias. Para no fracasar, amén a todo; para no asumir responsabilidades, pasar inadvertido. Van por la vida de solidarios, de tolerantes; a mí no me engañan, no lo hacen por bondad, no, lo hacen porque protegen su zona de confort: si soporto, me soportarán. Y esto pasa con todo, ¿o no? Y pobre de tí si abandonas la colmena. Yo soy independiente y estoy orgullosa de ello aunque por eso tenga más complicaciones que nadie. Es el precio por sostener ideas propias. Uy, me enrollo, me enrollo, y no te dejo hablar. ¿Tú qué? Cuéntame.
—Estoy separado desde hace seis meses. —Rebusca en el bolsillo su cartera y saca de esta una foto—. Tengo un hijo. Mira, Conchi y Mario.
—Ajá. Muy guapos los dos. ¿Qué pasó?
—Éramos diferentes, bueno…, en realidad, opuestos. Intuíamos que no sería fácil, pero quisimos intentarlo. Aunque suene cursi, al principio fue maravilloso. Más adelante, los buenos momentos escasearon hasta desaparecer. El globo de la felicidad, ¡pfff!, se deshinchó. De todos modos mereció la pena. Vida personal aparte, soy funcionario de correos, mi jornada transcurre clasificando sobres y paquetes. Aburrido sí pero me desquito porque me deja tiempo libre, así que…
—Eso me gusta
—¿Qué ordene sobres?
—No, no, que valores tu tiempo.
—Ah, sí, claro. Me permite dedicarme a lo que me hace feliz, por ejemplo los amigos. Seríamos un equipo de baloncesto si diéramos la altura, ja, ja, ja. No estábamos en edad de crecer cuando nos juntamos así que formamos un equipo de fútbol reducido.
—Ya veo. Oye, pero entonces no podéis participar en liguillas ni competiciones, ni nada, ¿no?
La voz le recuerda el sonido agudo de una flauta. La observa reclinada contra el respaldo, dando paso a unas manos pálidas y finas de niña bien que asoman por encima de la mesa de viejo café. Dormían sobre el regazo, las ha despertado para nada, se mueven aburridas, desilusionadas.
—No, no podemos. —Él encoge levemente los hombros, aprieta los labios, los abre, suelta un chasquido de contrariedad— .¡Qué le vamos a hacer! Hay cosas peores.
—Ya. Y, ¿qué más haces?
—Desde la separación recojo al peque en el colegio tres tardes a la semana. Lo llevo al parque, compro dos bollos, dos bricks de cacao y merendamos juntos. Luego lo dejo agotarse en el tobogán, la cuerda, los columpios…ya sabes.
—En realidad, no. No tengo hijos y casi no recuerdo nada de cuando fui niña, niña de columpios me refiero. Por el contrario, podría dibujar el plano completo del colegio. No sé si me llevaron al parque pocas veces o es que mi memoria no llega tan atrás. Oye, ni me lo había planteado hasta ahora, qué cosas.
—Yo he jugado mucho en la calle. No había parque donde vivía, pero encontrábamos donde subirnos, por dónde deslizarnos, ja, ja, ja, todo valía. Creo que fuimos los verdaderos inventores de ese deporte, eso de recorrer las ciudades saltando obstáculos.
—Buf, ¡qué pesadilla! El otro día uno de esos locos pasó volando a mi lado, menudo susto. Parkour, se llama parkour. Y espero que no sea deporte, porque menuda tontería, ¿no? Corren, saltan, y ya está.
—Bueno, exige forma física, reflejos.
—Hum.
—Como te decía, tras dejar al chaval me reúno con los amigos a jugar.
—¿Tres veces en semana?
—No, a diario. Rara vez falla alguno. Nos lo tomamos en serio.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué os lo tomáis en serio? Es un juego.
Ha preguntado sin pestañar, le hace pensar en un policía frente al malhechor. Esto no va a ninguna sitio, piensa. Desde que la he visto entrar lo he sabido. Guapa, cosmopolita, seguro que habla inglés como si tal cosa y puede permitirse mirar la cuenta del banco una vez al mes.
—Verás, nos gusta.
La respuesta no ha sido correcta, el gesto de su cara lo certifica.
—A mí me encantan los churros y no los como cada día, engordaría y el colesterol acabaría matándome.
Le obsequia una sonrisa, con toda intención, forzada.
—Hablando de otra cosa, ¿crees que esto está funcionando?
—En absoluto. Aunque no es culpa nuestra. Estos expertos de las agencias de contactos lo son sí, pero en sacarte la pasta. Al final, todo se resume en otra pérdida de tiempo. Menudo asco, cuánto inútil.
El asiento de polipiel suspira suavemente al liberarse de su peso.
—Bueno, no creo que sea tiempo perdido hemos pasado un rato agradable. Al menos por mi parte me ha gustado conocerte —dice él acompañándola en el gesto de incorporarse.
Le tiende la mano y observa el rostro de treinta y cuatro años. El maquillaje no oculta los surcos en la frente, la profundidad de la arruga del entrecejo ni las líneas de marioneta junto a las comisuras de los labios.
—¿Hoy no toca niño? ¿No hay partido?
Le interroga como si la respuesta le interesara, como si fuese a cambiar algo. Él piensa que le ayudará a dar las últimas pinceladas a su retrato y a estampar un signo de “visto” en el formulario de la agencia.
—No toca niño y el fútbol es dentro de una hora. Ya que no vamos a volver a vernos voy a decirte algo…
—Groserías ni una
—Uff, no, por favor. Ja, ja, ja, ¿sabes?, serías una buena defensa en el campo. —Se había sentido estúpido como en el primer día de clase en que reía con ganas, con estrépito, ante cualquier tontería. En realidad, eran los nervios impulsados por la incomodidad y la falta de ubicación en el espacio recién estrenado, lo que exteriorizaba —. Solo decirte que al conocerte he comprendido lo que es el estrés. No te ofendas, no lo digo de mal rollo. Pero es una lástima que una chica como tú ande por la vida obsesionada con el tiempo, con el rendimiento, con alcanzar quién sabe qué remotas metas, a lo peor inútiles.
—Qué sabrás tú de mí.
Desvía la vista a la calle. Ha oscurecido de repente. Observa las cabezas hundidas entre los hombros, agazapadas en los cuellos de los abrigos a resguardo de los dos grados que hielan la tarde. Se prepara poniéndose los guantes. No se había percatado de la mano tendida de él que, harto de esperar el apretón, toma por sorpresa la suya enguantada. Una mano que se acurruca en el nido que le ofrecen y se deja mecer. Entonces, él la ve por primera vez: el estereotipo se ha desmoronado por culpa de una mirada sinceramente tímida que le obliga a pensar en un faro que no vigila sino que alumbra para evitar que choquen contra él.
—Bueno, en fin, puede que mi vida pase por un momento flojo, pero la tuya es demasiado exigente y si continúas con ese afán de independencia y todo lo demás, cuando menos te lo esperes te darás cuenta de que tu oportunidad de navegar la has tirado por la borda y te arrepentirás de no haber disfrutado de la travesía.
—¿Eres poeta? ¿Psicólogo?
—Digamos que buen observador.
—La vida contemplativa no me interesa, por lo que veo a ti sí.
—Te concedo que mi vida en este momento necesita relleno.
Golpea el respaldo de polipiel que se hunde bajo la presión. Actúa como si el respaldo le devolviese el golpe, emite una queja cómica, después se acerca a la boca el puño con fingido gesto de dolor. Escucha la risa de ella que, de pronto, ha llenado el local. Por fin, es ella quién desata una risa solícita en cubrir intimidades.
— Ja, ja, ja. Sí, creo que sí.
—Quédate un rato más, solo por esta vez regálame tu tiempo.
No sabe por qué se lo ha pedido, ha surgido de forma natural igual que la mirada expectante y divertida que sustituye a la melancólica del faro.
Más tarde el móvil le vibra en el bolsillo.
—Me cago en…¡Se me ha pasado la hora del partido! ¿Te parece bonito? Tú, precisamente tú, provocas que llegue tarde.
―No tienes por qué llegar tarde: no vayas. Regálame tiempo de fútbol.

FIN