miércoles, 14 de junio de 2017

Ahora empieza lo divertido

Papá llega. «Haz las maletas, nos mudamos». Y se va. Mamá no rechista,está acostumbrada a deshacer la casa en un pis pas. Se pone a hacer maletas. Nos da tres mochilas. «Tú hermana y tú haréis la del peque y las vuestras».Lo sabemos. Una mochila para cada uno, para que metamos lo que más nos gusta. No podemos llevarlo todo.Vamos dejando juguetes y cachivaches allá por dónde pasamos. Aunque yo, a cambio, me llevo un pestillo, una llave, una cadena de seguridad, un cerrojo... Mamá dice que pronto empiezo. De aquí cargo con un pasador de ventana.
El peque se entretiene moviendo baldosas de un lado a otro en el patio. Mientras, mi hermana llora y protesta porque debe abandonar a su verdadero y único amor, de este instituto. A mí no me importa cambiar de escuela las veces que sea necesario. Todo con tal de no volver al caserón con rejas, cualquier cosa antes de que nos obliguen a separarnos de nuevo.
Papá regresa. Salimos pitando. Cuando el vecindario oiga las sirenas, estaré sintiendo el aire caliente, su zumbido, entrando a raudales por las ventanillas de la furgo.



Microrrelato seleccionado en el edición de Junio en Radio Extremadura, programa El sol sale por el oeste.

lunes, 29 de mayo de 2017

Que viene el Coco

La mano suave agarraba la mia. Mis piernecitas seguían sus pasos por mañanas de jubilación, de sol potente y amapolas. Al iniciar la subida aparecían destellos de raíles, olor a hollín y al poco notaba las aristas del balasto a través de la suela. La mano me soltaba, era libre para saltar sobre las traviesas. Él charlaba con un hombre que, cuando menos lo esperaba me gritaba, «Que viene, que viene». Se reía. Me protegía tras las piernas del abuelo inútilmente. nada aparecía en el horizonte. Un día me armé de valor, «Quiero verlo». El abuelo me llevó a una nave gigante donde aguardaba palpitante un humeante gusano tostado por el sol. 

FIN

No lo entiendo

Se acerca. Tiembla el suelo. Me incorporo de un salto. La lamparilla se balancea. Solo un poco. El ruido aumenta. Oiré el pitido. Ya. Corro a la puerta. El pomo se resiste a girar. Por fin. Salgo como un loco a su encuentro. Pero debo detenerme. Cuando estoy tan cerca. Él ha visto mi estampida. Me reclama. Dos silbidos cortos.
En el andén de guardia entre olores a hollín de hierro gomas el sudor humano pacientemente. Pacientemente. Hubiese aguardado. Pacientemente entre olores.
Me acaricia la cabeza. Ella no se marchó en un cercanías, colega, ¿no lo entiendes?, dice.






FIN


Dieta variada

Como un abejorro inquieto bajo las luces, constreñido en la estrechez del pasillo, lo sentí revolotear. Lamenté no poder ahuyentarle. Llegó incluso a asomar por encima de mi hombro la cabeza cubierta por rizos flojos. Destrozó el momento mágico de la primera lectura: la del lomo del libro, la que dispara una expectación comparable a la primera caricia. No aguanté más, me volví. Era alto, desgarbado. Los rizos me hicieron sospechar un laxo apretón de manos, siguiendo mi particular senda fetichista las busqué: alargadas, estrechas, poco varoniles.
Se quitó las gafas. Perdone, dijo, necesitaba ver los títulos de la letra ce. De la letra ce, respondí. Sí, escojo las lecturas por orden alfabético. Es muy útil que la librería los ordene de este modo, así tengo la certeza de no perderme ninguna. Ninguna, ¿eh?, contesté empezando a interesarme por su voracidad. Si siempre como carne de primera termino por no saborearla, sentenció sonriendo, encogiéndose de hombros resignado a su suerte de predador, mientras me abrazaba su mirada magnética.
Terminé con la zeta hace tres meses, es mi segunda vuelta, me oí decir.

FIN

viernes, 28 de abril de 2017

Síndrome de Estocolmo

Van dos aniversarios. Cada despertar me aturde la suerte que he tenido contigo. Deseo que los años por venir sean muchos por eso te mezo en mi pecho, te alimento, nos mimamos recluidos en la paz del hogar.
Mi familia, los amigos, no lo entienden. «Sal. Diviértete. ¡Vive!». Eso hago, respondo. Me miran afligidos. Mantengo la esperanza de que se aburran, de momento, insisten. «Es hora de retomar tu vida».
¿Quiénes son para hablarnos a ti y a mí de vivir? Me los encaro sin excitarme, no quiero asustarte. Me has hecho madurar, ya no soy aquella chiquilla a quién la enfermera pidió que no se chivara.
Recitaba el cielo está enladrillado, quién lo desenladrillarà... Enrojeció al preguntarle. «Creía que no me oías, no quería molestar». Era por un concurso radiofónico, el orador más rápido ganaba un coche, practicaba en el recóndito silencio de la UCI, explicó mientras me cambiaba el gotero del inmunosupresor. Supongo que no iban a despedirla por un trabalenguas, pero aproveché la ocasión. La verdad a cambio, exigí: ¿qué había oído en la nebulosa de la seminconsciencia? Lo confirmó contrariada: nadie apostaba por nosotros. Sin embargo, aquí estamos.
Te quiero corazón.

Marusela